One Soldier. One Story. A Thousand Hearts.

La fortaleza de Bajmut

El relato en primera persona de un soldado ucraniano sobre un asalto, compañeros caídos y una ciudad que se convirtió en símbolo de resistencia.

Las tres de la madrugada. Una llamada.

«Preparaos. Por la mañana iremos al asalto».

Era nuestro nuevo comandante.

Sin largas explicaciones. Sin preguntas innecesarias. Solo unas palabras que hicieron desaparecer el sueño al instante y cambiaron el ritmo de nuestros corazones.

Entonces vivíamos en una vieja fábrica de Druzhkivka. Un lugar corriente para una vida extraordinaria. Dormíamos, comíamos, bromeábamos, esperábamos órdenes e intentábamos olvidar, al menos durante unas horas, la guerra que nos rodeaba.

Pero la guerra nunca se olvidaba de nosotros.

Nos vestimos deprisa, comprobamos el equipo y cargamos las armas en la caja de una camioneta.

Delante de nosotros estaba Bajmut.

Aún no sabíamos que aquella ciudad se convertiría en uno de los símbolos más dolorosos de nuestra guerra.

Vehículo ardiendo en la carretera

El camino que llevaba hacia la muerte

El viaje nocturno fue incluso alegre.

Sí, alegre.

A un civil puede resultarle difícil comprender cómo se puede reír de camino a un asalto. Pero en la guerra, el humor es a veces la última forma de ocultar el miedo.

Unos bromeaban. Otros guardaban silencio. Otros miraban fijamente la oscuridad del exterior.

Yo pensaba que todos queríamos lo mismo: cumplir la misión y regresar.

Llegamos a Bajmut bastante rápido.

Bajamos al sótano donde estaba nuestro puesto de mando.

Los demás ya se habían reunido: hombres de la primera, segunda y tercera compañías, además de soldados de secciones independientes. Habían convocado a todos los que estaban disponibles y podían salir.

El motivo era grave.

El enemigo había roto la línea defensiva y entrado en la propia ciudad.

Nuestros hombres habían sostenido la defensa durante mucho tiempo. Cerca, en Klishchiivka, la destrucción ya era terrible. Parecía que ni siquiera la tierra podía soportar por más tiempo lo que la guerra le estaba haciendo.

Ahora el enemigo había llegado a Bajmut.

Y teníamos que detenerlo.

Tres kilómetros hasta el infierno

Salimos del puesto de mando.

Por delante teníamos unos tres kilómetros por las calles de la ciudad.

Tres kilómetros.

En tiempos de paz, es un paseo corriente. Puedes recorrerlo pensando en la cena, en el trabajo o en mañana.

En la guerra, esos tres kilómetros pueden separar la vida de la muerte.

Recorrimos la distancia rápidamente y comenzamos el asalto a las posiciones enemigas.

Todo sucedía deprisa.

No había tiempo para pensar en el futuro ni recordar el pasado. Solo existían aquel instante, los compañeros a tu lado y la misión que debíamos cumplir.

Cuatro horas.

Eso fue aproximadamente lo que duró nuestro asalto.

Cuatro horas que no pueden borrarse sin más de la memoria.

Recuperamos nuestras posiciones en la ciudad.

Parecía que lo peor había quedado atrás.

Parecía que podríamos recuperar el aliento un momento.

Pero en la guerra, las palabras «parecía que» pueden ser el engaño más cruel.

Cuando el cielo empezó a matar

El enemigo no tenía intención de rendirse tan fácilmente.

Comenzó un terrible bombardeo de artillería.

La artillería enemiga golpeaba sin descanso y parecía que la tierra se desgarraba bajo nuestros pies.

Explosión tras explosión.

Impacto tras impacto.

Ya no piensas en la victoria. Piensas en los próximos segundos.

En si encontrarás refugio a tiempo.

En si sobrevivirá el compañero que tienes al lado.

En si habrá otra mañana.

No podíamos detener aquel fuego por nuestros propios medios.

Tuvimos que retroceder un poco para encontrar un lugar donde afianzarnos y seguir combatiendo.

Pero aquello ya era otro día.

Otra historia.

Otra prueba.

Siete hombres a los que nunca olvidaremos

Aquel día perdimos a dos compañeros.

Dos murieron.

Otros cinco de nuestros soldados resultaron heridos.

Para algunos, son solo números.

Dos muertos.

Cinco heridos.

Pero para nosotros, detrás de cada número había un ser humano.

Alguien que quizá había estado riendo con nosotros poco antes.

Alguien que tal vez recorrió aquella misma carretera nocturna creyendo que regresaría.

Cada uno tenía una vida, sueños y seres queridos que lo esperaban en casa.

Dos no regresarán jamás.

Cinco siguieron adelante con las heridas de aquella guerra.

Fuera cual fuera el resultado de la batalla y comoquiera que la describieran los informes oficiales, aquel día será siempre el día en que perdimos a los nuestros.

Una posición puede recuperarse.

Una ciudad puede defenderse.

Pero a un compañero caído no se le puede devolver la vida.

La fortaleza que el mundo aún no conocía

Hoy el nombre de Bajmut es conocido mucho más allá de Ucrania.

La llaman una fortaleza.

Se han escrito miles de artículos sobre ella. Se le han dedicado canciones. Su nombre se ha convertido en un símbolo de la resistencia de los soldados ucranianos.

Pero para mí, Bajmut es mucho más que un nombre en un mapa.

Son las tres de la madrugada.

Es la voz del comandante al teléfono.

Es la vieja fábrica de Druzhkivka.

Es la camioneta, la carretera nocturna y las bromas de unos hombres que aún no sabían lo que les esperaba.

Son tres kilómetros por las calles de la ciudad.

Son cuatro horas de asalto.

Son posiciones recuperadas.

Es fuego de artillería.

Y son dos compañeros que vivirán para siempre en nuestra memoria.

Todavía no sabíamos cuánto dolor, cuánta sangre y cuántos destinos humanos quedarían ligados a aquella ciudad.

Solo hacíamos nuestro trabajo.

El trabajo de un soldado.

Defender nuestra tierra.

Y allí, entre explosiones, ruinas, miedo y valor, ya estaba naciendo para nosotros la fortaleza de Bajmut que el mundo conocería después.

No sé si alguien recuerda hoy aquel asalto en concreto.

Pero yo lo recuerdo.

Recuerdo a aquellos hombres.

Recuerdo aquel día.

Y mientras yo viva, ellos vivirán en mi memoria.

Porque la fortaleza de Bajmut no son solo edificios, calles y posiciones defensivas.

Son las personas que resistieron donde parecía imposible resistir.

Y quienes pagaron el precio más alto: su vida.

Dedicado a los compañeros que murieron defendiendo Bajmut. Memoria eterna y honor.

Cráter y destrucción
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